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Al final del viaje, el olor del mar— Muñeca sin Rostro —

Su tierra natal era Sosúa, en la provincia de Puerto Plata, República Dominicana.

Era un pueblo junto al mar, con playas de arena dorada bordeadas de palmeras y el profundo rumor del oleaje atlántico en la costa norte.

El hombre había cumplido sesenta y ocho años.

Durante varias décadas había trabajado sin descanso en el Bronx de Nueva York, limpiando edificios y atendiendo pequeños comercios. Sus hijos se habían criado dentro de la cultura estadounidense y, al hacerse independientes, se marcharon a vivir a distintas ciudades. Su esposa, unos años mayor que él, había muerto antes. Y él había quedado solo, en un rincón de la gran ciudad.

Cuando empezó a pensar en el tiempo que le quedaba de vida, no fueron las frías calles de concreto de Nueva York ni el bullicio de la multitud lo que acudió a su memoria.

Recordó el oleaje atlántico de la costa norte y la casa familiar junto al mar en Sosúa, pobre entonces, pero cálida.

«Antes de morir, quiero volver allí solo una vez más.»

Su esposa había muerto sin llegar a conocer Sosúa.

Por eso decidió regresar y contemplar el mar también por ella.

Con una sola maleta pequeña en la mano, tomó por primera vez en varias décadas un avión de regreso a su tierra.

Desde el aeropuerto viajó en taxi hasta el antiguo barrio de pescadores de Sosúa.

Al otro lado de la ventanilla se sucedían las casas de concreto pintadas de vivos colores. Atravesó la animada zona turística y, guiándose por el mapa de sus recuerdos, siguió a pie por una estrecha calle de arena apartada de las vías principales.


El paisaje de su infancia había cambiado hasta volverse irreconocible.

Su hermano mayor debía de haber reconstruido la casa con el dinero que él enviaba desde Nueva York. Los muros de ladrillo, que no existían en sus recuerdos, ya mostraban el paso de los años.

Cuando se detuvo ante la puerta de la casa familiar, el corazón comenzó a latirle con fuerza.

Era el mismo lugar donde, al partir de aquella costa rumbo a Nueva York, su madre ya anciana había llorado y lo había estrechado entre sus brazos.

La noche anterior a su partida, ella le había entregado una muñeca.

Era una muñeca de barro sin rostro. Le explicó que había sido hecha por una artesana de Moca y que, por entonces, aquel tipo de muñeca acababa de nacer.

—Pensaré que esta muñeca eres tú y rezaré todos los días. Ponle un poco de ti.

Como no tenía rostro, no parecía ni hombre ni mujer. En aquella cara lisa, su madre pensaba ver reflejado el semblante de su hijo.

El hombre, que entonces todavía era joven, se sintió algo cohibido. Aun así, tomó la muñeca entre ambas manos y la apretó contra su pecho. Su madre abrazó la figura, que todavía conservaba el calor de las manos de su hijo, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

Y así cruzó el mar.

Cuando llamó a la puerta de madera, salió a recibirlo una joven desconocida, rodeada de niños pequeños que corrían de un lado a otro.

—Yo vivía aquí —dijo con voz temblorosa—. El hombre que vivía en esta casa era mi hermano mayor...

Los ojos de la mujer se abrieron de par en par.

—¡No puede ser! ¿Tío abuelo?

Era la nieta de su hermano, ya fallecido.

—¡El tío de Estados Unidos vino a vernos!

Al oír su grito, jóvenes parientes y niños comenzaron a salir de la casa.

Los bisnietos de su hermano, que jamás lo habían visto, corrieron a abrazarlo. Lo rodearon con abrazos y besos tan efusivos que casi llegaron a abrumarlo.

Lo hicieron pasar a la sala. En la pared había un pequeño altar católico, junto a un retrato de su hermano, fallecido algunos años antes.

El hombre se detuvo frente al altar y se persignó en silencio.

En la fotografía, el rostro de su hermano cuando era joven se parecía muchísimo al de los nietos que ahora le daban la bienvenida.

—Ya no voy a poder verte... Perdóname por no haber llegado a tiempo, hermano —murmuró para sus adentros.

La nieta de su hermano le ofreció entonces una taza de café dominicano recién hecho y bien dulce.

—El abuelo decía que la familia pudo salir adelante gracias al dinero que usted mandaba.

Mientras respiraba el aroma familiar del café, el hombre reparó en una muñeca colocada junto a la ventana.

Era una muñeca dominicana sin rostro: una «muñeca sin rostro».

Era la misma que su madre le había puesto en las manos aquella noche, cuarenta años atrás.

¿Habría rezado su madre por él todos los días, tal como había prometido? La muñeca no tenía rostro y, por tanto, no respondió. Pero tampoco rechazó el rostro de aquel hijo que había envejecido hasta parecer otra persona.

—Solo quedas tú, ¿verdad? Ya estoy en casa.

Aquella noche, el hombre se acostó en la vieja cama de la casa familiar.

Cuando cerró los ojos, no oyó las bocinas de la ciudad. En su lugar llegó el sonido profundo y pesado de las olas del Atlántico, exactamente el mismo que había escuchado junto a sus padres cuando era niño.

El corazón de aquel hombre, que llevaba tanto tiempo solo, comenzó a llenarse por primera vez en varias décadas de una profunda sensación de paz.

A la mañana siguiente, el cielo estaba completamente despejado sobre la playa de Sosúa.

Tomado de ambas manos por los nietos de su hermano, el hombre caminó lentamente junto a la orilla.

El horizonte azul que se extendía ante él llegaba hasta Estados Unidos, la tierra hacia la que, en su juventud, había cruzado el mar arriesgando la vida, con el sueño de hacer fortuna y la responsabilidad de sostener a su familia.

Había abandonado su tierra y había construido una vida en un país nuevo. Ahora aquel joven regresaba, convertido en anciano, al mismo mar.

Bajo el sol resplandeciente, mientras escuchaba las voces alegres de los niños, el hombre sonrió en silencio.

Por fin comprendió que su largo viaje había terminado.



Epílogo

Mientras pensaba en una música de fondo para escuchar en verano, empezó a sonar en mi cabeza una melodía latina, suave y envolvente.

De allí surgió una historia con la atmósfera de una de esas películas que años atrás podrían haberse emitido en Friday Road Show, el veterano programa japonés de cine de los viernes por la noche: un mundo hecho para la silueta sobria de un hombre curtido por la vida.

Quizá, para un canal de música ambiental, esta vez el género musical se fue de viaje un poco demasiado lejos. Sin embargo, esta historia, en la que los recuerdos se confían a una muñeca sin rostro, también pertenece al linaje de Hitogata no Kioku (Recuerdos con forma humana).

Desde las elegantes mansiones de estilo occidental hasta las costas del Caribe, las muñecas son testigos de la memoria, estén donde estén.

La muñeca sin rostro es una de las artesanías más representativas de la República Dominicana. Se considera que comenzó a elaborarse en 1981 por iniciativa de Liliana Mera Limé, ceramista de Moca.

Su cara se deja sin rasgos para no encerrar en la apariencia de una sola persona al pueblo dominicano, formado por raíces diversas.

Precisamente porque no tiene rostro, puede reflejar la imagen de cualquiera.

Esta historia nació de esa cualidad de la muñeca.

(Traducido del original en japonés.)


La calidez agridulce del Caribe, en esta BGM


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